Vi a una mujer comprar una libreta en una papelería.
No era una libreta especialmente bonita. Tapa azul, goma negra, hojas cuadriculadas. La sostuvo un momento con las dos manos, como si estuviera calculando algo que no tenía que ver con el precio. Después dijo una frase sencilla:
—Esta me basta.
Me quedé pensando en ese verbo tan poco espectacular: bastar.
Vivimos rodeados de verbos más musculosos. Querer. Crecer. Lograr. Alcanzar. Mejorar. Superar. Conseguir. Como si la vida fuera una carrera de relevos en la que nadie sabe exactamente dónde está la meta, pero todos corren con cara de haber llegado tarde.
La felicidad, sospecho, tiene menos que ver con lo que poseemos que con la distancia que existe entre lo que tenemos y lo que deseamos.
No hablo de resignación. Esa palabra siempre llega con un abrigo gris, como si aceptar algo fuera necesariamente perder. Tampoco hablo de conformismo, que es otra cosa: una especie de obediencia tranquila a lo que no nos gusta. Hablo de una relación más honesta con el deseo.
Desear no es el problema. El deseo mueve, empuja, despierta. Nos saca de la silla. Nos hace aprender un idioma, cambiar de trabajo, escribir un libro, mudarnos, pedir perdón, empezar de nuevo. Una vida sin deseo sería una habitación demasiado ordenada, sin ventanas abiertas ni vasos sobre la mesa.
El problema aparece cuando el deseo deja de ser una dirección y se convierte en una deuda.
Entonces ya no queremos algo porque nos llama, sino porque su ausencia nos acusa. La casa que no tenemos. El cuerpo que no tenemos. El reconocimiento que no llega. El viaje que otros ya hicieron. La vida que alguien parece llevar en una pantalla con la luz siempre a favor. Y una va mirando lo propio con una especie de lupa ingrata: esto no alcanza, esto no luce, esto no basta.
Hay una crueldad discreta en medir la vida únicamente por lo que le falta.
Porque siempre falta algo. Incluso en las vidas que parecen completas. Falta tiempo, falta calma, falta dinero, falta amor, falta salud, falta juventud, falta ambición o falta descanso. La existencia tiene esa mala costumbre de no venir cerrada del todo. Uno consigue una cosa y, al poco, descubre que el deseo se ha desplazado unos metros más allá.
Por eso conviene preguntarse de vez en cuando qué estamos haciendo con esa distancia.
Hay una distancia fértil entre lo que tenemos y lo que deseamos. Es la que permite avanzar sin despreciar el lugar desde el que partimos. La que deja espacio para la ilusión, para el esfuerzo, para la mejora. La que nos permite decir: quiero más, pero no voy a tratar mi vida presente como si fuera un borrador defectuoso.
Y hay otra distancia que se vuelve inhabitable. La que convierte todo lo conseguido en poco. La que nos obliga a mirar siempre hacia la mesa de al lado. La que hace que incluso lo bueno llegue tarde, porque para cuando aparece ya estamos deseando otra cosa.
Quizá madurar sea aprender a distinguir entre ambos espacios.
No para apagar el deseo, sino para educarlo. Para preguntarle de dónde viene. Si nace de una necesidad real o de una comparación. Si responde a una vocación íntima o al ruido de una época que nos quiere permanentemente insatisfechos. Si aquello que perseguimos ampliará nuestra vida o solo maquillará por un rato la sensación de no estar a la altura.
La felicidad no exige tener poco ni desear poco. Exige, tal vez, no vivir siempre contra lo que se tiene.
Parece una frase menor, pero no lo es. Porque una parte importante de nuestra tristeza cotidiana no nace de la falta objetiva, sino de la sospecha constante de que deberíamos estar en otra parte: más arriba, más lejos, más vistos, más acompañados, más jóvenes, más seguros, más extraordinarios.
Y mientras tanto, la vida insiste en su manera discreta.
Una libreta azul. Una mesa puesta. Una llamada que llega a tiempo. Una tarde sin urgencia. Un trabajo que no es perfecto, pero permite dormir. Un cuerpo que se cansa y aun así nos lleva. Una casa con cosas pendientes. Una conversación que no soluciona mucho, pero nos devuelve a la tierra.
No todo eso basta siempre. Sería injusto decirlo. Hay carencias que duelen de verdad. Hay deseos legítimos que no pueden despacharse con una frase. Hay vidas a las que no les falta perspectiva, sino derechos, salud, compañía, oportunidades. El matiz importa, porque la felicidad también tiene condiciones materiales, aunque a veces nos empeñemos en convertirla solo en actitud.
Pero incluso ahí, sabiendo que no todo depende de una mirada interior, sigue siendo necesario vigilar el tamaño del hueco.
Porque en ese espacio entre lo que tenemos y lo que deseamos se juega una parte de nuestra paz. Si el hueco es demasiado grande, vivimos en exilio de nuestra propia vida. Si desaparece del todo, quizá dejamos de movernos. La cuestión no es cerrar la distancia, sino aprender a caminar dentro de ella sin convertirnos en enemigos de lo que ya existe.
Tal vez la felicidad sea eso: una distancia respirable.
No la euforia de tenerlo todo. No la renuncia de no querer nada. Sino ese punto extraño, difícil, adulto, en el que todavía deseamos algo y, sin embargo, somos capaces de mirar alrededor y decir, sin bajar la voz:
esto, por ahora, también es vida.
Fotografía: Archivo personal – Tánger (Mayo 2025)

