La era fascinante en la que no todo vale
6 noviembre, 2021
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Clara R. Baum

Experta en el arte de comunicar

‘Vivimos tiempos convulsos’. Probablemente, esta afirmación sea válida para cualquier época del año, en cualquier parte del mundo, de cualquier vida. Siempre experimentamos cambios porque el ser humano es una evolución constante, aunque no todos sean hacia adelante. No olvidemos que los caminos se pueden recorrer en dos direcciones y en nosotros, indudablemente, está la elección.

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‘Vivimos tiempos convulsos’. Probablemente, esta afirmación sea válida para cualquier época del año, en cualquier parte del mundo, de cualquier vida. Siempre experimentamos cambios porque el ser humano es una evolución constante, aunque no todos sean hacia adelante. No olvidemos que los caminos se pueden recorrer en dos direcciones y en nosotros, indudablemente, está la elección.

Dicen que la época que nos ha tocado vivir a mi generación, los que nadamos a la deriva entre la generación X y la generación Y, es compleja. ‘De aquellos polvos, estos lodos’, expresión que el tiempo no olvida a pesar de sus más de seis siglos de historia. Precisamente por ello, y en referencia a nuestra clase política actual, ésta no es más que el fiel reflejo de esa generación que vino al mundo entre 1970 y 1980, la que ha tenido todo y, quizás por ello, piense (pensemos) merecer el ‘todovalismo’ en el que creemos. No, el fin no justifica los medios.

Los Sánchez, Casados, Abascales, Belarras o Arrimadas nacieron en la misma sociedad que la nuestra. En las mismas calles, bajo el mismo paraguas. No vienen de ninguna galaxia interespacial. Nos afanamos en definir a la clase política con infinidad de apelativos, despectivos en muchas ocasiones, pero ¿acaso los valores no debemos exigírnoslos a todos? Desde al tendero de la esquina hasta al presidente del gobierno. Oiga, todos somos iguales y no se trata de ser ejemplo para los demás, sino con nosotros mismos.

Por el mero hecho  de existir no merecemos absolutamente todo. Merecemos aquello por lo que hemos trabajado hasta el final. ‘Somos una sociedad acomodada’, gran expresión. Acomodados al pretender merecernos cualquier mera recompensa solo porque sí. Y yo me pregunto: ¿y por qué sí? ¿Realmente hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano? ¿Lo intentamos todo hasta el final? ¿Antepusimos siempre los valores de respeto, responsabilidad, solidaridad, honestidad y empatía? Reflexionemos.

Eso no resta para que la falta de escrúpulos de algunos, sumada a la escasa memoria de los demás, provoque un cóctel de dudosa cordura que desemboca siempre en soportar velas que no encendimos y, lo que es aún más lamentable, que tan siquiera nos corresponden. No, no todo vale. Triturar los derechos básicos, no vale. Que la sanidad o la educación de calidad, en muchos casos, sea a golpe de talonario, no vale. Que lograr un trabajo digno, remunerado y acorde a tu formación sea reservado para algunos elegidos, no vale. Y tampoco vale que nos mientan, engañen, ensucien e insulten como si las buenas acciones solo fuesen exigidas a unos pocos. Ya no es cuestión de actuar con buena fe, responsabilidad o cordura, sino con un mínimo de dignidad colectiva.

No vivimos tiempos convulsos. Vivimos en una era fascinante, con más conocimiento a nuestro alcance del que somos capaces de gestionar, con más posibilidades en nuestro entorno de las que estamos capacitados para asumir. Vivimos tiempos maravillosos. El problema es que las palabras esfuerzo, sacrificio y tesón parecen haberse caído de las hojas del santuario de la RAE. Y no, continúan vigentes junto a responsabilidad, lucha y sentido común. Sí amigos, a todas ellas les precede una detallada definición que podrán encontrar en multitud de formatos (en el universo digital o en aquellos añejos libros que todavía deambulan por las bibliotecas, gratuitas en muchos casos para calmar la sed de conocimiento). Todas esas palabras tienen significado. Tan sólo lo recuerdo por si alguien, seguramente sin mala intención, se despistó por un momento.

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