Este texto nació con la intención de publicarse en redes.
Pero el resultado ha sido demasiado largo, demasiado denso, demasiado poco amable para el scroll rápido.
Por eso lo comparto en este blog. Porque me ha ayudado mucho a ordenar mi año y a entender qué he aprendido, en qué me he equivocado y qué merece la pena sostener de ahora en adelante.
No lo comparto como exhibición, sino como ejercicio. Porque pararse a mirar el año —sin titulares, sin épica— también es una forma de avanzar. Y porque dedicar tiempo a pensar qué hacemos, por qué lo hacemos y hacia dónde nos lleva no es perder el tiempo: es afinarlo.
2025 no ha sido un año cómodo.
Ha sido un año honesto.
De esos que no se cuentan bien con titulares ni con carruseles porque lo importante ha pasado entre medias: en los trayectos largos, en las decisiones pequeñas, en las dudas que no se publican y en los silencios que, sin darte cuenta, te reordenan por dentro.
Ha sido el año en el que he dejado de pedirme permiso.
No para hacer más cosas, sino para creerme capaz de hacerlas bien.
He trabajado mucho. Mucho de verdad. Y he estudiado como quien vuelve a sentarse en primera fila no para aparentar, sino para entender. También lo he hecho por respeto a mi oficio y a las personas que confían en mi trabajo.
Inteligencia artificial aplicada al periodismo —porque no por hacer caso omiso, va a desaparecer—, alfabetización mediática, LinkedIn, negocio, estrategia, voz, salud vocal, herramientas digitales. Horas y horas de formación, algunas agotadoras, casi todas necesarias.
He evolucionado profesionalmente porque, por primera vez en mucho tiempo, he empezado a creer en mí sin estridencias. Sin consignas motivacionales. Creer desde el trabajo bien hecho, desde el error asumido, desde la escucha atenta. En eso me han ayudado profesionales enormes —de los que enseñan sin pontificar— y personas que han sabido estar en el momento preciso y con la palabra adecuada, incluso cuando escuece.
En ese camino, los dos programas que he desarrollado en la Escuela de Organización Industrial me han bajado al suelo. No solo por lo aprendido —que también—, sino por la manera distinta de mirar el trabajo. Los mentores que acompañaron mi transformación me cambiaron algunas preguntas. Y, con eso, ya estaba todo en marcha. Los chicos de Zendital también han sido clave en mi progreso, acompañando sin paternalismo, empujando siempre para crecer. Aprender no como medalla, sino como acto de humildad. Confirmar que, cuanto más sabes, más consciente eres de lo que te falta.
Ha sido un año de escenarios y micrófonos, sí, pero también de mucha cocina interna. He puesto voz y cuerpo a congresos nacionales, foros territoriales, galas, mesas redondas, encuentros culturales, actos institucionales y jornadas complejas donde no se va a lucirse, sino a servir.
El Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas en Granada, impulsado por el Ministerio de Cultura. La Asamblea del Campus Territorial de la Universidad de Córdoba. El Foro de Ciudades Medias de Andalucía. El Congreso de Periodistas del Estrecho, de la mano de la Asociación de Periodistas del Estrecho de Gibraltar. La gala del Instituto Provincial de Bienestar Social de la Diputación de Córdoba, donde entendí —una vez más— la importancia de cuidar a quienes cuidan. Jornadas junto a la Junta de Andalucía, presentaciones empresariales de grandes firmas lucentinas como Veinluc o Tobalo. ARPA y Tifloactiva. Dinámicas de team building en Barcelona gracias a Oms y Viñas, lejos del atril y más cerca de las personas. Encuentros culturales como Cosmopoética, siempre agradecida por formar parte de ese universo. Jornadas de igualdad, inauguraciones, festivales flamencos. Espacios donde había que afinar más el oído que la voz.
También ha sido un año de prestar mi voz a proyectos audiovisuales, publicitarios, campañas y relatos que necesitan tono y cuidado. He continuado como voz oficial de VTV y he trabajado para distintas empresas y agencias como Ahora Comunica y Marketeandolo. Utilizar la voz de otro modo, pero con la misma raíz de siempre: respeto profundo por quien escucha.
En paralelo, he continuado con la mentorización en comunicación de profesionales y he seguido escribiendo —confieso que menos de lo que me hubiese gustado, porque el tiempo es finito—. En ABC Córdoba, contando mi ciudad con mirada lenta. Colaborando con Humanismo Digital. También en Torralbo, Pasión en Córdoba y en el ABC Informe I+D+I, aprendiendo a cambiar de registro sin perder fondo, entendiendo que cada medio pide una respiración distinta, pero la misma honestidad de partida. He sido feliz e mi labor como correctora ortotipográfica en la revista Andalucía en la Historia, de la Fundación Centro de de Estudios Andaluces, donde el tiempo tiene otro peso y otra exigencia.
He dirigido la comunicación en proyectos patrimoniales y culturales de enorme responsabilidad: la Semana Santa de Lucena, la Procesión Magna Pasionista, press trip de medios nacionales, Caminos de Pasión, la Red Europea de Celebraciones de Semana Santa y Pascua. Proyectos que exigen tiempo, cabeza y responsabilidad.
He trabajado con nuevos clientes. He asumido retos más grandes. He sentido miedo del bueno. Ese que aparece cuando sabes que estás creciendo y no tienes del todo claro cómo, pero sigues. He confirmado que la comunicación no va de brillar, sino de acompañar procesos, traducir complejidades y no estorbar a lo importante.
Y, en todo este proceso, he entendido algo que quiero llevar conmigo a 2026: no todo lo que hacemos construye. Hay días llenos de tareas que no llevan a ningún sitio. Y en lo profesional —especialmente cuando trabajas por tu cuenta— nadie te avisa de eso.
El foco no es hacer más. El foco es elegir mejor. Elegir proyectos, tiempos y formas de trabajar que no se lleven por delante la vida personal. No confundir compromiso con desgaste, ni vocación con renuncia. Ese equilibrio frágil es uno de mis grandes propósitos para el año que viene.
He confirmado que intentar hacer el bien en el trabajo no es ingenuo. Que la honestidad, el cuidado de los procesos, el respeto a las personas y no usar la comunicación como truco importan de verdad. No siempre te hacen ir más rápido. Pero te mantienen en pie. Y, a la larga, ponen las cosas en su sitio.
He viajado. Por trabajo y por vida. Marruecos, Valladolid, Barcelona, Madrid, Andalucía entera. Londres para celebrar. Asturias como refugio y segundo hogar. El Rocío como latido del pulso de nuestra tierra. Córdoba siempre para quedarme. He confirmado que moverse también es una forma de pensar.
He conocido a muchísima gente interesante.
Personas con oficio, con dudas, con ganas y con una manera honesta de estar en el mundo. De esas que no hacen ruido, pero dejan poso. Cruces breves, conversaciones largas, aprendizajes que no se olvidan.
Mientras tanto, ha pasado la vida. La que no se agenda ni se publica. He cumplido 40 años. La música y los libros me han acompañado cada día —tengo más libros que orden, y no pienso disculparme—. He vuelto al ballet como quien vuelve al cuerpo. He cocinado para otros y para mí. La cocina como templo doméstico y remanso de paz. He mejorado mi alimentación sin presión ni consignas: comer bien como forma de cuidado, confiando en lo que nos regala la tierra, que casi siempre es la mejor opción. He reído mucho con mis amigas y he crecido con ellas, en conversaciones largas y noches que curan.
He compartido paseos en moto con mi marido: kilómetros que bajan el ruido y devuelven aire. He vivido la Semana Santa con la intensidad de siempre: mi madrugá junto al Señor, mi lunes franciscano, mi sábado con la reina de Santiago. He sentido orgullo de mi santero de nuestra Madre, sosteniendo una devoción que se vive más que se explica. Rituales que ordenan por dentro. He sido feliz en noches de candela y cante. He asumido nuevas responsabilidades —como la secretaría de la Peña Flamenca— desde el respeto a lo heredado.
He celebrado conciertos que se quedan dentro —Siloé, Leiva, qué grandes sois—, actuaciones flamencas que te dejan sin palabras, noches donde la música hace de casa. He vivido la exaltación de las Glorias de María Santísima de Araceli de mi padre como se viven las cosas importantes: con orgullo y con temblor al precederle en la palabra. He celebrado nacimientos —el de mi tercer sobrino, con mi hermana ejerciendo una maternidad sin límites—, bodas y reconocimientos que emocionan. He visto cómo se reconocía el trabajo generoso de mi esposo ayudando a los demás, y eso recoloca la escala de lo importante. Y he entendido, otra vez, que la salud de los míos es el verdadero patrimonio.
Mi familia ha estado, está y estará.
Como centro, como refugio, como lugar al que volver sin dar explicaciones.
Los amigos de verdad también. Los de siempre y los que han llegado para quedarse. Amigos que ya son familia.
Y mi marido, de una forma firme y constante, sin ruido, sin focos. Ese apoyo que no se exhibe, pero que alimenta todo lo demás.
Cada día, en medio de todo esto, está Ofi, mi amigo peludo. En mi estudio. A mi lado. Callado. Atento. Ofi me ha enseñado más de lo que imagina: a parar cuando toca, a no anticipar el miedo, a volver a la tierra, a celebrar lo pequeño. Me recuerda que el tiempo no se estira, se habita. Y que casi todo lo importante ocurre sin aspavientos.
Si parece mucho, lo sé.
Pero también sé otra cosa: siempre es mucho más todo lo que nos queda por aprender, conocer y compartir. El camino no se termina. Apenas se empieza a entender.
Hay algo más que no quiero dejar fuera, aunque no esté especialmente de moda decirlo en entornos profesionales. Mi fe forma parte de quién soy. No la uso como bandera ni como argumento, pero tampoco la escondo. Me acompaña, me coloca en mi sitio y me recuerda lo esencial cuando todo lo demás suena a música indefinida. No quiero llevar a Dios de tapadillo ni pedir perdón por mis principios. Creer también ha sido una forma de sostener este camino, de no endurecerme, de recordar que unas manos cerradas no pueden recibir nada.
2026 viene con muchos retos. No todos se nombran aún.
Empiezo el año en mi estudio renovado, rodeada de trabajo, de silencio y de esa calma rara que aparece cuando sabes que, pase lo que pase, estás donde tienes que estar.
Caminando. Con dudas, con oficio, con fe y con esperanza.
Que Dios nos siga regalando salud, fuerza y luz para todo lo que resta.
Con eso —de verdad— es suficiente.




























