Estos días he visto cientos de fotografías del Rocío. Supongo que es inevitable. Cada primavera, al refugio de Pentecostés, ocurre algo parecido. Las redes sociales se llenan de imágenes de carretas, sombreros, flores, caballos y peregrinos que emprenden camino hacia la aldea almonteña. Hay capturas realmente hermosas. Algunas parecen sacadas de una campaña publicitaria: la luz perfecta, la composición perfecta, la ropa perfecta. Todo en su sitio.
Y, sin embargo, la imagen que se me ha quedado grabada es otra, publicada por el perfil Artesanía Cofradiera, a quienes aprovecho para felicitar por tan magnífica instantánea. No aparece un atardecer pedido prestado a un lienzo de Monet, ni una escena pensada para convertirse en postal. Tampoco hay nadie mirando a la cámara ni pendiente de cómo está saliendo.
Lo que vemos es algo mucho más sencillo y quizá, por eso, bastante más valioso. Una carreta avanzando entre una nube de polvo. Personas cansadas. Camisas marcadas por el camino. Rostros que no buscan ser observados porque están ocupados viviendo el momento. La escena casi permite sentir el calor, la tierra suspendida en el aire y el peso de los kilómetros recorridos. Fue precisamente eso lo que me hizo detenerme, aquello escapa al ornamento y al artificio. Algo que transmite una sensación cada vez menos frecuente: verdad.
En una época obsesionada con mostrarse, aquella imagen parecía recordarme algo mucho más importante: que las experiencias más auténticas rara vez suceden cuando estamos pendientes de cómo las contamos. Y probablemente sea esa la razón por la que no he dejado de pensar en ella. Tal vez porque vino a poner nombre a algo que llevo tiempo observando.
Mientras escribo estas líneas suena uno de los nocturnos de Chopin. Llevo décadas escuchándolos. Hay épocas en las que regreso a ellos con una insistencia casi obsesiva, como quien vuelve a una conversación antigua para comprobar si sigue diciendo lo mismo. Como esta fotografía, que no termina de marcharse. Algunas imágenes tienen la capacidad de quedarse habitando un rincón de la cabeza mucho después de que hayamos dejado de mirarlas.
Tengo la sensación de que cada vez nos cuesta más convivir con las huellas de la vida. No hablo solo de imágenes. Hablo de casi todo. Vivimos rodeados de versiones cuidadosamente editadas de la realidad. No necesariamente falsas, pero sí seleccionadas, pulidas y corregidas. A menudo, más pendientes de la apariencia que de la experiencia.
Mostramos la parte luminosa de los proyectos y rara vez los meses de incertidumbre que los precedieron. Compartimos los resultados, pero no siempre los errores que los hicieron posibles. Enseñamos las celebraciones, pero no siempre los esfuerzos que las sostuvieron.
A veces tengo la impresión de que hemos terminado convirtiendo la vida en una sala de espera de su propia representación. Ya no basta con vivir algo. Parece necesario documentarlo, explicarlo, justificarlo y exponerlo. Como si la experiencia no terminara de existir hasta obtener la validación de una pantalla. Una forma de impostura que no siempre nace de la mala fe, sino del miedo a mostrarnos tal como somos.
Es lógico. A nadie le apetece ir por el mundo exhibiendo sus heridas. Pero a veces me pregunto si, en el intento de construir un retrato impecable, no estaremos perdiendo algo más valioso: la capacidad de reconocernos.
Lo que verdaderamente nos acerca a los demás no suele ser la perfección, sino la grieta, la duda, la torpeza o la contradicción. Esa parte de la historia donde las cosas no salieron exactamente como estaban previstas.
Pienso mucho en eso cuando entrevisto a personas. Casi nunca recuerdo las respuestas perfectas. Esas suelen parecerse bastante unas a otras. En cambio, sí rememoro los momentos en los que alguien baja la guardia. Cuando deja de responder y empieza a pensar en voz alta, revelándose con una duda sincera. Cuando una persona se permite habitar cierta intemperie delante de otra, sin el refugio de los discursos aprendidos. Ahí es donde suele empezar lo interesante.
Quizá por eso aquella imagen me gustó tanto. Porque, en el fondo, no estaba viendo solo una peregrinación. Da igual que uno atraviese una marisma, saque adelante una empresa, intente escribir un libro, sostenga una familia o aprenda a convivir con una pérdida. Todo lo que merece la pena termina dejando alguna marca.
Puede ser cansancio, incertidumbre o cicatrices invisibles que solo conoce quien las ha vivido. Pero están ahí. Y, sinceramente, cada vez me interesan más las personas que no intentan esconderlas. Las que entienden que la vida no consiste en llegar impecable a ninguna parte. Las que han aprendido que el barro no afea el camino. Lo demuestra. Porque nadie llega limpio a los lugares importantes: ni al amor, ni a una amistad de veinte años, ni a una vocación, ni a una vida que merezca ser contada.
Y es que el polvo terminará desapareciendo, como desaparecen los caminos, los días y las estaciones. Lo único que permanece es aquello que nos transformó mientras ocurría, el momento junto que consiguió trascender el instante y quedarse con nosotros cuando todo lo demás ya había pasado.
Tal vez la autenticidad consista simplemente en eso: en llegar con algo de barro en los zapatos y ninguna necesidad de explicarlo.


