A este lado
23 julio, 2026
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Clara R. Baum

Experta en el arte de comunicar

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En los aeropuertos el café cuesta lo mismo que un trayecto corto en taxi y sabe a una reclamación que nadie va a atender.

Lo pedí porque todavía faltaban cuarenta minutos para que aterrizara el vuelo de una amiga y porque esperar sin sujetar nada entre las manos resulta demasiado evidente.

El vaso quemaba. El café no.

Me quedé junto a la barandilla de llegadas, entre un conductor que sostenía un cartel con el apellido PETROV y una niña que preguntaba cada poco cuánto faltaba.

—Ya mismo —respondía su madre.

En Andalucía, «ya mismo» puede significar cinco minutos, dos horas o la eternidad. La niña aún no tenía edad para saberlo y aceptaba la respuesta con una confianza conmovedora.

Frente a nosotros, las puertas automáticas se abrían y cerraban con la misma falta de compromiso que algunas personas.

Cada vez que se abrían, todos levantábamos la cabeza.

Salía un señor con pantalón corto.

Una azafata.

Una pareja con tres maletas y una discusión empezada en otro país.

Una familia entera que parecía haberse mudado por vía aérea.

Las cabezas volvían a bajar hacia los teléfonos.

El móvil sirve para muchas cosas. Entre ellas, para fingir que no se espera a nadie con desesperación.

A mi derecha había un hombre con flores.

No eran unas flores discretas. Llevaba un ramo grande, envuelto en un plástico que crujía cada vez que cambiaba el peso de una pierna a otra. Lo apoyaba en el suelo, volvía a cogerlo, lo pasaba de una mano a otra. Las flores tenían ya el aspecto fatigado de quien ha viajado sin asiento asignado.

Él miraba la puerta y después el teléfono. Sonreía al leer algún mensaje. Dejaba de sonreír al instante. Se arregló la camisa tres veces.

Pensé que esperaba a una novia. Luego pensé que quizá esperaba a una esposa que se había marchado enfadada. Después imaginé que no eran pareja, que llevaban veinte años sin verse y que el ramo era una idea pésima tomada en el aparcamiento del aeropuerto.

Esperar a un desconocido da mucha libertad. Puedes inventarle una vida entera y abandonarla en cuanto se abren las puertas.

El vuelo de mi amiga aparecía en la pantalla como «aterrizado». Esa palabra produce una alegría prematura. Entre aterrizar y salir por una puerta puede caber una vida completa, especialmente si hay equipaje facturado.

Le escribí:

—¿Has llegado?

El mensaje mostró dos marcas azules y ninguna respuesta.

Bebí un poco de café. Ya estaba frío, lo que no mejoraba demasiado el diagnóstico inicial.

El hombre de las flores recibió algo en el teléfono. Leyó. Levantó la vista. Se puso rígido.

Junto a una columna, un viajero protegía un enchufe con el ordenador, el abrigo, una botella de agua y cierta hostilidad territorial. Había fundado una república independiente de un metro cuadrado. La soberanía terminaría cuando anunciaran su puerta.

Las puertas se abrieron.

Apareció una mujer con una mochila roja.

Él dio dos pasos y se detuvo. La realidad estaba ocurriendo por otro sitio.

Ella tardó en verlo. Miró hacia un lado, luego hacia el otro. Él levantó el ramo por encima de las cabezas con una expresión poco digna y muy feliz.

La mujer lo encontró.

No corrió. Tampoco sonrió de inmediato. Se quedó quieta, sujetando la correa de la mochila, mientras él mantenía las flores en alto. Durante dos o tres segundos nadie supo qué clase de historia estaba terminando allí.

Entonces echó a andar.

Se abrazaron de una forma aparatosa. El ramo quedó aplastado entre ambos. Una señora tuvo que rodearlos y puso esa cara rígida que ponemos cuando la felicidad ajena entorpece el paso.

Durante unos segundos, el aeropuerto se amoldó a aquel abrazo.

El conductor del cartel PETROV ni siquiera levantó una ceja. Debía de haber visto cientos de escenas calcadas.

La niña volvió a preguntar cuánto faltaba.

—Ya mismo —dijo su madre.

Mi teléfono seguía sin sonar.

En la planta superior se oía una despedida. Una voz de mujer daba instrucciones:

—Llama al llegar. Vigila la cartera. Come algo. No te quedes dormido.

En los aeropuertos casi nadie dice «te voy a echar de menos». Se pregunta por el cargador. Es más manejable.

Las puertas volvieron a abrirse.

Salió un hombre arrastrando una maleta infantil. Dos jóvenes miraban al techo, probablemente buscando una señalización que llevaban diez minutos pisando. Después apareció una mujer mayor en una silla de ruedas.

Nadie para mí.

Recibí otro mensaje.

—Estoy esperando las maletas.

Miré la pantalla con el resentimiento de quien ha sido informado de algo perfectamente previsible.

El hombre de las flores ya se marchaba con la mujer de la mochila roja. Caminaban separados por medio metro. Él llevaba el ramo. Ella, la mochila. No se tocaban.

La historia, desde atrás, parecía menos clara.

Las llegadas son muy convincentes vistas de frente.

Miré de nuevo las puertas.

Mi mejor amiga llevaba seis meses fuera. Al principio habíamos hablado casi todos los días. En las últimas semanas, nuestros mensajes se habían convertido en una sucesión de fotografías, audios escuchados a destiempo y preguntas respondidas cuando ya habían perdido la urgencia.

No había pasado nada entre nosotras. Esa era la explicación oficial.

Pero yo no sabía si seguíamos siendo las mismas. Peor aún: no sabía cuál de las dos había cambiado.

Esa era la explicación oficial.

Las puertas se abrieron otra vez.

El conductor bajó el cartel para descansar el brazo. PETROV desapareció y, durante un instante, quedó allí un hombre esperando a alguien cuyo nombre ya no importaba.

Entonces salió ella.

Llevaba el pelo recogido, una chaqueta en el brazo y la misma cara de cansancio que tenía cuando se fue. La reconocí enseguida, aunque me pareció distinta. No sabría decir dónde.

Quizá fue solo el tiempo necesario para que la puerta se cerrara detrás de ella.

Levanté la mano.

Me vio, dejó la maleta y vino hacia mí.

—Tu pelo está distinto —dijo.

Era lo primero que se nos ocurrió después de seis meses.

—¿Cuánto llevas esperando?

Miré el vaso de café frío.

—Nada. Acabo de llegar.

Nos abrazamos. Olía a un perfume que no conocía.

Detrás, la maleta continuó avanzando sola unos centímetros antes de caer.

Ninguna de las dos fue a recogerla.

Por una vez, el equipaje podía esperar.

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