Por favor y gracias
2 junio, 2026
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Clara R. Baum

Experta en el arte de comunicar

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Una reflexión sobre la gratitud, el reconocimiento y esas pequeñas palabras que nos recuerdan que no vivimos solos.

Hay dos expresiones que utilizo todos los días y a las que apenas prestamos atención: por favor y gracias.

Son tan pequeñas que parecen insignificantes. Las pronunciamos desde niños. Forman parte del paisaje sonoro de cualquier conversación. Están ahí, tan integradas en nuestra rutina, que rara vez nos detenemos a pensar en lo que realmente significan.

Hace unos días observaba cómo un camarero servía cafés en una terraza abarrotada. Iba de una mesa a otra sorteando prisas, interrupciones y peticiones simultáneas. Cuando dejó la consumición sobre la mesa, el cliente ni siquiera levantó la vista del teléfono. No hubo una mala palabra. Tampoco una buena. Simplemente nada.

Cada vez tengo más la sensación de que algo está cambiando. No porque la gente haya decidido ser maleducada de repente. Es algo más sutil. Más difícil de señalar.

Alguien sirve un café.

Alguien recoge una mesa.

Alguien responde un correo electrónico.

Alguien dedica una hora de su tiempo a escucharnos.

Alguien sostiene una puerta.

Alguien nos deja pasar.

Alguien hace un esfuerzo, por pequeño que sea, para que nuestra vida resulte un poco más fácil.

Y, sin embargo, vivimos rodeados de gestos que se han vuelto invisibles. No es que se hayan diluido de manera repentina, simplemente hemos dejado de verlos.

Tengo la impresión de que nos hemos acostumbrado tanto a que todo funcione, a que todo llegue cuando lo pedimos, a que todo esté disponible y al alcance de la mano, que hemos empezado a considerar normales demasiadas cosas.

Pedimos. Reclamamos. Consumimos. Exigimos. Pero agradecemos menos, porque damos por hecho más. Y quizá ahí esté el origen del problema. No en la falta de educación, sino en una cierta sensación de merecimiento permanente que se ha ido instalando en nuestras vidas.

Hemos confundido el derecho con el merecimiento. Y, en ocasiones, también con el privilegio. Tener derecho a algo no elimina la necesidad de agradecerlo. Son planos distintos.

Por supuesto, tenemos derecho a que nos atiendan correctamente en un restaurante pero eso no convierte en invisible a quien nos atiende. Es lícito aspirar a recibir un servicio por el que hemos pagado, pero detrás sigue habiendo una persona, un tiempo y un esfuerzo. Podemos pedir ayuda, pero no por ello desaparece el valor de quien decide prestarla.

Creemos que porque algo nos corresponde hemos dejado de necesitar agradecerlo. Como si una cosa excluyera a la otra. Como si pagar una comida eliminara la necesidad de dar las gracias a quien la sirve. Como si recibir ayuda en el trabajo hiciera innecesario reconocer el tiempo que otra persona nos ha dedicado. Como si la obligación profesional borrara la humanidad que hay detrás de quien la cumple.

Y no.

Hay algo profundamente humano en reconocer el esfuerzo ajeno. Algo que va mucho más allá de las normas de cortesía. Por eso siempre he pensado que «por favor» y «gracias» son mucho más que dos fórmulas educadas. Son una forma de mirar.

Una manera de reconocer que detrás de cada gesto hay una persona, detrás de cada servicio hay tiempo, detrás de cada ayuda hay atención y, detrás de muchas de las cosas que damos por hechas, existe alguien que las hace posibles.

Por eso me pregunto si la gratitud no será, en el fondo, una forma de inteligencia. La capacidad de percibir aquello que otros pasan por alto y entender que nuestra vida cotidiana descansa sobre cientos de personas a las que rara vez vemos y casi nunca nombramos.

Nuestra vida descansa sobre el trabajo de personas a las que nunca conoceremos. Sobre el cuidado de quienes nos rodean. Sobre la generosidad de amigos, compañeros, familiares y desconocidos que, cada día, contribuyen de una forma u otra a sostener el mundo que habitamos.

Decir «por favor» es reconocerlo.

Decir «gracias» también.

Y tal vez por eso me siguen pareciendo dos de las expresiones más hermosas de nuestro idioma. Porque en una época que nos empuja constantemente a mirarnos a nosotros mismos, ambas nos obligan a levantar la vista. A recordar que no estamos solos, que detrás de casi todo lo que hacemos hay alguien. Y reconocerlo apenas lleva un segundo. Puede que sea una de las pocas maneras que nos quedan de recordarle al otro que le hemos visto.

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