La sonrisa
18 junio, 2026
Imagen de Clara R. Baum
Clara R. Baum

Experta en el arte de comunicar

Comparte

Esta fotografía la tomaron el pasado año en las Minas de Riotinto.

La encontré hace unos días mientras buscaba otra cosa, que es la forma que tienen las fotografías de aparecer cuando no las llamas. Uno abre una carpeta para encontrar un documento y termina encontrándose a sí mismo hace doce meses, sonriendo en un paisaje que parece la superficie de Marte después de una mala noche.

Me quedé mirando la imagen unos segundos. Luego un poco más. Y acabé pensando en la sonrisa. No en la mía. En la de todos.

Hay algo curioso en las sonrisas. Son probablemente una de las pocas cosas que seguimos siendo incapaces de falsificar del todo. Podemos fingir interés, seguridad, éxito. Incluso podemos aparentar felicidad durante el tiempo suficiente para que salga bien la fotografía. Pero la sonrisa siempre deja algún cadáver por el camino.

Los ojos suelen hablar antes. O después. Y a veces incluso contradicen a la boca con una sinceridad bastante ofensiva.

Llevo media vida entrevistando personas. He hablado con empresarios que movían millones de euros y con vecinos cuya única fortuna consistía en tener una buena historia que contar. He entrevistado a artistas, políticos, científicos, sacerdotes, deportistas y algún que otro personaje que todavía no sé muy bien en qué categoría encajar.

Con los años he descubierto algo que me sigue fascinando. Las palabras importan, muchísimo. He construido mi vida alrededor de ellas. Pero casi nunca llegan solas. Cuando recordamos una conversación importante, solemos recordar también quién teníamos delante. La forma en que nos escuchó. La atención que nos prestó. La sensación de que, durante unos minutos, éramos lo único importante en aquella habitación. Quizá por eso algunas palabras permanecen durante años y otras desaparecen antes de llegar a casa.

Me interesan las personas que parecen haberse olvidado de sí mismas durante una charla. Las que escuchan sin estar esperando su turno. Las que hacen preguntas por curiosidad, y no por estrategia. Las que no necesitan demostrar constantemente que son inteligentes. Las que sonríen como quien abre una ventana, sin departamento de comunicación adiestrado al milímetro y experto en supervisar cada músculo de la cara.

Ahí está la clave de por qué algunas personas generan confianza de forma inmediata y otras no lo consiguen nunca, aunque acumulen títulos, éxitos o discursos impecables. No tiene demasiado que ver con el carisma. Ni con la simpatía. Ni siquiera con la inteligencia. Tiene que ver con algo mucho más escaso: la presencia. La capacidad de estar en un lugar sin convertirlo todo en un espejo.

Por eso me detuve en esta fotografía. No porque salga especialmente bien —de hecho, sospecho que podría haber salido bastante mejor—, sino porque me recordó algo que llevo años aprendiendo de las personas.

Que la confianza rara vez entra por la puerta grande, suele llegar de forma mucho más discreta. En una conversación sin prisa. En una pregunta sincera. En una sonrisa que no intenta demostrar nada. Y eso, en estos tiempos, empieza a parecer casi un superpoder.

Más proyectos