Mi primer verano en los cuarenta y otras formas de castigo térmico
13 agosto, 2026
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Clara R. Baum

Experta en el arte de comunicar

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Cumplí cuarenta en octubre pasado, así que este es oficialmente mi primer verano en esta nueva década. Y mi principal aspiración consiste en que termine. No es especialmente épico.

Una espera llegar a los cuarenta con alguna revelación importante sobre el paso del tiempo, la madurez o el sentido de la existencia y resulta que lo que quiere es que llegue septiembre y poder abrir una ventana sin que entre el aliento de Satanás. Tampoco pido tanto.

Nunca he sido una enemiga declarada del verano. He disfrutado de muchos. Hubo una época en la que agosto parecía una extensión natural de la adolescencia: noches interminables, fiestas, ferias, viajes, piscinas, terrazas y una capacidad física inexplicable para acostarse a las cuatro de la mañana y estar razonablemente viva unas horas después. Aquello ocurrió. Tengo pruebas.

Mis agostos, además, siempre estuvieron rodeados de música. Mi madre organizaba una escuela y un festival internacionales y durante aquellos días yo vivía entre jóvenes músicos llegados de distintos lugares, pequeños genios que podían pasarse horas delante de un instrumento y después comportarse como cualquier otro adolescente en cuanto salían de clase. Muchos fueron amigos entonces y algunos lo siguen siendo.

Gracias a ellos, mis veranos podían empezar por la mañana con Bach y acabar por la noche en Shostakóvich, que es un trecho bastante largo para recorrerlo y salir indemne. Había ensayos, conciertos, partituras, profesores, carreras de un sitio a otro y música apareciendo a cualquier hora detrás de una puerta. El verano no estaba parado. Todo lo contrario: tenía un ritmo propio y, en mi caso, hasta banda sonora.

Tal vez por eso se me hace todavía más extraño este agosto adulto, en el que parece que medio país ha decidido quedarse en suspenso hasta nuevo aviso. Ahora observo a la gente cenar a las once y media de la noche en una terraza, a treinta grados, y pienso que nuestra especie ha llevado demasiado lejos el concepto de ocio. Será la edad, será el clima o estarán colaborando los dos, pero ya no entiendo qué placer hay en sudar mientras cenas.

Vivo en plena Subbética cordobesa, una de las tierras más maravillosas del mundo. ¡Algo tenía que tener! No podía ser todo pueblos blancos, olivares, sierras, patrimonio, gastronomía y esa luz que consigue que una siga enamorada del paisaje incluso después de haberlo visto miles de veces.

La letra pequeña aparece en verano. Durante una parte del año, vivir aquí en condiciones razonablemente humanas exige método: persianas bajadas, horarios estudiados, trayectos calculados según la sombra y una relación de dependencia con el aire acondicionado que empieza a parecer afectiva. En invierno miro por la ventana y pienso que no cambiaría esta tierra por nada. En agosto también, solo que lo hago desde dentro. Una cosa es amar tu tierra y otra dejar que te ase lentamente.

A principios de junio todavía hubo margen para una de esas escapadas que reconcilian a una con el calendario. Nos fuimos en familia, mi marido, Ofi, Lola y yo, a recorrer parte de los pueblos blancos de Cádiz, con parada en Zahara de la Sierra, El Gastor, Setenil de las Bodegas. Y qué maravilla. Hay lugares empeñados en recordarte por qué vives donde vives: el caserío blanco trepando por la montaña, el embalse abajo, la sierra alrededor y esa Andalucía capaz de cambiar completamente de paisaje en apenas unos kilómetros.

Es una de las cosas que más me fascinan de esta tierra. Del mar a la montaña, del Mediterráneo al olivar, de las sierras gaditanas a la Subbética cordobesa. A veces hablamos tanto de Andalucía a través de sus tópicos que olvidamos lo evidente: Andalucía es auténtica y no necesita que nadie la adorne.

A principios de junio, además, todavía se podía caminar, detenerse, mirar y sentarse en una terraza sin sentir que estabas participando en una prueba de resistencia. El verano conservaba cierta educación. Luego llegaron julio y agosto y se acabaron las formalidades.

Como cada verano, también he pasado unos días en Asturias visitando a mi familia, y eso te da la vida. Dormir tapada, salir a caminar sin preguntarte a qué hora es legal hacerlo, sentir aire fresco en la cara, mirar el termómetro sin interpretarlo como una amenaza. Durante unos días recuperas funciones corporales que creías extinguidas.

Luego vuelves. La tregua tiene billete de vuelta y una se permite esa fantasía geográfica tan absurda como persistente: conservar la Subbética, pero ponerle el clima del norte. Mis pueblos, mis olivares, mis sierras, mi gente, mi casa, mis tradiciones y veinte grados en agosto.

La utopía de conseguir que mi tierra tenga el clima de la patria querida es, sencillamente, imposible. La geografía tiene estas faltas de consideración. Así que toca elegir, y yo elijo esta tierra. Eso sí: de junio a septiembre, con determinadas condiciones de uso.

Mi relación con el verano se ha vuelto bastante poco ambiciosa. Ya no necesito «el verano de mi vida». Con que no intente acabar con ella me conformo.

Hay otra cuestión que me irrita casi tanto como el calor: en algún momento entre junio y julio, el país entra en una especie de suspensión administrativa. Las reuniones, los proyectos, las decisiones y las llamadas pasan a septiembre. Los asuntos que en mayo eran importantísimos adquieren de pronto una asombrosa capacidad para sobrevivir dos meses sin atención.

«Lo vemos después del verano».

La frase se pronuncia con la naturalidad de quien anuncia un fenómeno meteorológico inevitable. El verano español tiene algo de gigantesca respuesta automática de correo: «Estoy fuera de la oficina. Atenderé su mensaje en septiembre». Aunque estés en la oficina, aunque sigas trabajando y aunque todo el mundo continúe técnicamente disponible.

En agosto España no cierra oficialmente, pero lo hace con enorme convicción. Y a mí esta especie de paréntesis cada vez me pesa más. Me gusta la vida cuando ocurre: el trabajo con ritmo alegre, los proyectos que empiezan, la agenda que recupera su aspecto habitual, la gente que contesta al teléfono.

También echo de menos ponerme una chaqueta, dormir con una ventana abierta y caminar por una calle sin estudiar previamente el recorrido de las sombras. Echo de menos encender el horno sin sentir que estoy participando personalmente en un experimento sobre los límites térmicos del ser humano. Incluso he desarrollado cierta nostalgia de esa frase tan poco emocionante: «Tenemos que vernos antes de Navidad». Eso ya es civilización.

De niña el verano duraba muchísimo y esa era precisamente su grandeza. Ahora sigue durando muchísimo; lo que ha cambiado es la valoración. Entonces septiembre era una amenaza. Hoy lo miro como quien divisa tierra firme después de un naufragio bastante cómodo, eso sí, con wifi y aire acondicionado.

No reniego de todo. Hay noches estupendas, amigos, libros, escapadas, conversaciones largas y horas tranquilas para trabajar o estudiar mientras fuera la calle parece sometida a una evacuación preventiva. También agradezco desaparecer un poco y no sentir la obligación de estar en todas partes. El problema empieza cuando bajar el ritmo se convierte en detenerlo. El descanso me gusta. El letargo, bastante menos.

Y luego está el aire. El de verdad, no el que sale de una máquina colgada de la pared y provoca discusiones domésticas sobre si veinticuatro grados es una temperatura confortable o un intento de criogenización.

Hablo del primer aire de otoño, ese día que llega sin avisar. Sales de casa y todavía no hace frío, ni siquiera fresco del todo, pero notas que algo ha cambiado. El cuerpo lo reconoce antes que el calendario.

Siempre me ha parecido un comienzo mucho más convincente que enero. Enero llega agotado, endeudado y después de tres semanas comiendo. Septiembre, en cambio, conserva algo de cuaderno nuevo. Todavía cree que podemos organizarnos. Y yo, a estas alturas, también.

Quiero trabajar con la ventana abierta, caminar sin negociar con el sol y hacer planes a plena luz del día. Ver las ciudades otra vez llenas de gente que va a algún sitio y no de supervivientes desplazándose rápidamente entre dos espacios climatizados. Quiero volver a escuchar «¿Qué día te viene bien?» y dejar atrás el «Ya después del verano».

Mi primer verano en los cuarenta me está dejando una enseñanza bastante modesta: la edad no me ha hecho necesariamente más sabia, pero sí mucho más otoñal. Ya no necesito que agosto me prometa una vida mejor, unas vacaciones memorables ni esas imágenes de personas vestidas de lino blanco contemplando puestas de sol sin una sola glándula sudorípara en funcionamiento.

Me basta con atravesarlo dignamente: leer, trabajar cuando se puede, ver a mi gente y aguardar ese primer día en que entre aire por la ventana y, por primera vez en meses, una piense si debería cerrarla un poco.

Ese día sabré que hemos vuelto.

Las agendas, los proyectos, las chaquetas, la actividad.

La vida.

Y que nadie diga entonces qué pena que se haya acabado el verano.

Ya le he dado la vuelta al jamón y no estoy para según qué provocaciones.

Fotografía: Zahara de la Sierra (Junio de 2026 – archivo personal)

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