Ceuta: a presión
28 agosto, 2026
Imagen de Clara R. Baum
Clara R. Baum

Experta en el arte de comunicar

Comparte

Hay lugares en los que una frontera es una línea en un mapa. En Ceuta tiene vallas, policías, cámaras, controles y personas esperando a un lado y a otro.

La primera vez que crucé el Tarajal me impresionó.

Una cosa es saber que existe una frontera y otra plantarte delante de ella. El metal tiene esa desagradable costumbre de hacer bastante más visibles las diferencias entre los seres humanos.

He vuelto muchas veces a Marruecos. Tengo amigos allí, también en Ceuta. Amigos en las dos orillas de una frontera capaz de separar en muy pocos kilómetros dos países y, a una distancia bastante mayor, dos expectativas de vida.

Estos días he hablado con unos y con otros. Y pienso mucho en ellos mientras veo cómo Ceuta se convierte en una olla exprés a la que llevamos demasiado tiempo acercando fuego.

La convivencia no se rompe de golpe. Primero se agrieta. Después aparecen los que siempre llegan puntuales cuando algo se quiebra: quienes necesitan un culpable manejable para una realidad que no lo es.

El inmigrante. El marroquí. El ceutí. España. Marruecos. Un Gobierno. El otro. La izquierda. La derecha. Europa. Con una lista suficientemente larga podemos pasarnos semanas señalándonos mientras Ceuta sigue allí, esperando que alguien haga algo mucho más útil.

Porque defender la dignidad de quienes han cruzado la frontera no obliga a negar lo que están soportando los ceutíes. Y defender a los ceutíes tampoco exige deshumanizar a quienes llegaron.

No estoy en medio porque sea lo más cómodo. Tampoco porque no quiera mojarme. La realidad admite dos verdades simultáneas: hay seres humanos que merecen dignidad y hay una ciudad que no puede soportar una presión ilimitada; existen movimientos geopolíticos que probablemente queden en el silencio para siempre y es evidente una gestión política concreta que puede y debe juzgarse.

Ese es el gris. Y el gris siempre es el color. No porque todo dé igual, ni porque todos tengan razón, ni porque haya que repartir responsabilidades con una balanza de precisión para no molestar a nadie. El gris consiste en aceptar algo bastante menos cómodo: que la realidad no siempre tiene que repartirse por bandos.

Desde una orilla se contempla Europa. Desde la otra, una frontera desbordada. Las dos imágenes pueden ser verdaderas al mismo tiempo.

Hay personas que han llegado hasta Ceuta empujadas por la promesa de una especie de sueño americano con bandera europea: alcanzar este lado y empezar de nuevo. Un trabajo. Una oportunidad. Una vida mejor. La sensación de que detrás de la frontera empieza el futuro.

Pero Ceuta no puede ofrecer ese sueño y España tampoco. No, al menos, en los términos en los que muchos lo imaginan antes de echarse al mar.

Decirlo no convierte a nadie en insolidario. Igual que reconocer que detrás de cada llegada hay una persona tampoco convierte cualquier política migratoria en sostenible por arte de magia.

Hay decisiones que solo parecen libres cuando se observan desde una casa con llave. Echarse al mar, bordear un espigón o cruzar una frontera no es exactamente una aventura. Tampoco una de esas experiencias transformadoras que después se cuentan en una charla sobre la importancia de salir de la zona de confort. Hay zonas de confort que consisten simplemente en no morir. Por eso antes de preguntarnos por qué alguien lo hace, convendría preguntarnos qué ha tenido que ocurrir para que quedarse le parezca una opción peor.

Una promesa, un vídeo, un rumor o una mentira pueden encender la chispa. Lo que no pueden hacer es fabricar desde cero la desesperación. Y reconocer esa desesperación tampoco significa que España deba asumir sus consecuencias sin límite.

Una ciudad tiene derecho al orden, a la seguridad, a que sus servicios funcionen, a que sus vecinos no vivan con miedo y a exigir que no se la abandone frente a una situación que desborda ampliamente su capacidad.

Y una persona tiene derecho a seguir siendo una persona cuando cruza una frontera mojada, exhausta y asustada, aunque haya tomado una decisión que a quienes tenemos una puerta que cerrar por dentro nos resulte incomprensible.

El orden no exige crueldad. La brutalidad solo necesita una excusa, y el miedo suele ofrecérsela bastante barata.

El problema es dejar que ese miedo crezca. Que el cansancio se instale. Que quienes viven allí comprueben día tras día que nadie resuelve nada y que quienes llegaron descubran que aquel futuro prometido tampoco estaba esperándolos detrás de la valla.

Pasan los días. Después más días. Y la excepcionalidad empieza a adquirir la desagradable apariencia de una nueva normalidad. Ahí sí hay una responsabilidad que no puede esconderse eternamente debajo de la palabra «complejidad».

El Gobierno no debería haber permitido que una situación de esta magnitud se prolongara hasta alcanzar este grado de deterioro. Gobernar no consiste solo en aparecer cuando algo estalla. También consiste en intervenir antes de que el cansancio se convierta en rabia, antes de que el miedo encuentre un enemigo y antes de que una ciudad llegue al punto de preguntarse cuánto más tiene que aguantar.

La compasión sin gestión no basta, la gestión sin humanidad tampoco y dejar pudrir una crisis hasta que estalla es una responsabilidad política.

Llamamos crisis a lo que vemos cuando finalmente revienta, pero la crisis había empezado mucho antes. Antes de los enfrentamientos. Antes de que la tensión ocupara las calles. Antes de que unos empezaran a mirar a otros como responsables de todos sus problemas. Antes incluso de que miles de personas creyeran que al otro lado del Tarajal les esperaba una vida nueva.

Una olla exprés no estalla porque sí. Primero se calienta. Después acumula presión. Luego avisa. Y, durante bastante tiempo, existe la posibilidad de bajar el fuego. El problema es dejarla ahí porque, mientras la tapa aguante, siempre resulta tentador fingir que todavía no ocurre nada. Hasta que todo aquello que no se quiso resolver acaba saliendo por donde puede. Entonces llegan las declaraciones solemnes, las reuniones urgentes y las llamadas a la calma. Tenemos una extraordinaria habilidad para pedir calma después de haber desperdiciado todas las oportunidades de evitar necesitarla.

Y luego está la parte que apenas alcanzamos a ver: las relaciones entre Madrid y Rabat, los intereses económicos, la cooperación, Europa, los equilibrios diplomáticos y las decisiones que se toman lejos de la frontera y cuyos detalles los ciudadanos de las dos orillas probablemente nunca conoceremos por completo.

Por eso hay una pregunta difícil que merece quedarse encima de la mesa: quién se beneficia cuando una frontera se abre y quién cuando vuelve a cerrarse. Porque las fronteras también pueden convertirse en instrumentos de presión política. Y cuando eso ocurre, las personas adquieren de pronto una inquietante utilidad diplomática. Una manera bastante pulcra de nombrar algo profundamente indecente.

Mientras tanto, quienes pagan la partida están mucho más cerca del suelo. Los vecinos que llevan semanas viendo cómo cambia su ciudad. Las personas que llegaron convencidas de que al otro lado empezaba otra vida. Y quienes soportan todo esto sobre el terreno: policías, guardias civiles, militares, sanitarios, voluntarios y trabajadores a los que nadie preguntó si estaban preparados para cargar con una crisis semejante.

Estos días hemos visto incluso a una agente de Policía Nacional romper a llorar mientras los vecinos la aplaudían. Porque semanas de tensión también caben dentro de un uniforme. Y pesan. Una placa no inmuniza contra el miedo, el agotamiento ni el límite. Conviene recordarlo antes de convertir también a quienes están en primera línea en otra pieza abstracta de este enorme tablero.

La política internacional tiene algo fascinante: quienes mueven las piezas casi nunca aparecen en la fotografía cuando la partida termina llena de gente exhausta. Eso es lo que más me preocupa de Ceuta: que empezamos hablando de personas y terminamos administrando sustantivos. Flujos. Presión migratoria. Contingentes. Retornos. Fronteras. Seguridad. Situación tensionada.

Todo técnicamente impecable. El lenguaje administrativo ayuda mucho a no mirar. Y, cuando dejamos de ver personas, resulta bastante más sencillo justificar casi cualquier cosa.

No conozco todas las conversaciones entre los máximos responsables de cada país, ni todas las razones de quienes cruzaron. Tampoco sé qué se está decidiendo en despachos que quedan muy lejos de la frontera. Pero sí sé quién no debería cargar con toda la factura: ni el pueblo marroquí ni los ceutíes.

Me niego a aceptar que, para defender una orilla, tenga que convertirme automáticamente en enemiga de la otra. Los marroquíes no son responsables de las decisiones de su Gobierno, exactamente igual que nosotros no llevamos las del nuestro impresas en el pasaporte. Y los ceutíes tienen derecho a estar cansados, a sentirse inseguros, a ansiar recuperar la normalidad de su ciudad y a exigir soluciones. También a decir que han llegado a su límite sin que alguien, cómodamente instalado a cientos de kilómetros, les expida por ello un certificado de falta de humanidad.

Se puede querer a Marruecos y defender a Ceuta sin sufrir ningún cortocircuito ideológico.

Se puede comprender a quien busca una vida mejor y admitir que ningún territorio puede absorber una presión ilimitada.

Se puede exigir humanidad en la frontera y eficacia al Gobierno en la misma frase.

Eso no es equidistancia.

Es negarse a alquilarle el pensamiento a una consigna.

Porque los mapas soportan estupendamente la geopolítica.

No duermen a la intemperie. No patrullan de madrugada. No sienten miedo al bajar a la calle. No se arrojan al agua pensando que unos metros más allá empieza otra vida. Tampoco llevan a sus hijos al colegio sitiado por policías.

Ceuta necesita ahora menos estrategas de sofá, menos vídeos incendiarios y menos discursos construidos para que cada cual pueda confirmar que ya tenía razón antes incluso de escuchar.

Necesita humanidad. Orden. Decisiones.

Y, sobre todo, necesita que alguien baje el fuego.

No cuando vuelva a saltar la tapa.

Ahora.

Ojalá no existieran las fronteras. Ya sé que, visto el mundo, pedirlo roza la ciencia ficción, aunque no por eso deja de parecerme una aspiración bastante decente.

Lo verdaderamente peligroso empieza cuando al metal que separa dos territorios añadimos todo lo demás: miedo, recelo, rabia y esa facilidad tan nuestra para organizar el mundo entre nosotros y ellos.

Una cosa es aceptar que existan fronteras.

Otra, bastante peor, es permitir que terminen instalándose también en la mirada.

Entre Ceuta y Marruecos ya hay bastante metal.

Fotografía: Cabo Malabata, Tánger (Marruecos), mayo de 2025. España se dibuja al fondo, al otro lado del Estrecho. Apenas unos 25 kilómetros en línea recta separan este punto de la costa de Tarifa, dos orillas que la geografía quiso mucho más cerca de lo que tantas veces consigue la política. Archivo personal.

Más proyectos